AMPA

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Educación para el esfuerzo
Premios, cambio de creencias y, en menor medida, los castigos son las tres grandes herramientas para
educar a los niños en el esfuerzo.
Un niño puede ser incapaz de esforzarse en aquello que no le gusta pero ser obstinado en hacer lo
que le apetece. Me gustaría decir a los padres que los métodos educativos no producen unos efectos
mecánicamente determinados. Lo más que podemos hacer es aumentar la probabilidad de que el niño
se comporte de la manera que queremos.
Los castigos suelen ser eficaces para evitar conductas, no para fomentarlas. No es probable que
encerrar a un niño en su cuarto le anime a estudiar si no le gusta hacerlo.
Tres tipos de premios
- poder hacer cosas que quieren (comprar golosinas, ver televisión, tener un juguete...)
- ser elogiado por las personas que le importen
- disfrutar con la conciencia de su propia capacidad
En la educación para el esfuerzo deben intervenir estos tres tipos de premios, pero en su debido
orden. Fomentar en el niño el sentimiento de su propia capacidad es tal vez lo más importante y útil,
porque todos queremos sentirnos eficaces, ser conscientes de nuestra pericia.
Adquisición de hábitos
Cuando este procedimiento no funcione, porque las tareas sean inevitablemente monótonas o
aburridas, los padres deben utilizar un segundo tipo de premios –el elogio, la valoración o la
amenaza de un ligero rechazo– para conseguir que el niño adquiera hábitos adecuados.
Uno de esos hábitos, que también ha desaparecido del mundo educativo, es el hábito de cumplir con
el deber: “Y además tienes que hacerlo porque es tu deber, como el mío es ir a trabajar o preparar tu
comida”. Y éste es el punto final de toda discusión.
El sentido del deber debe ser un hábito inculcado desde la infancia. Una parte importante de la
educación consiste en saber que hay que hacer cosas aunque no se tenga ganas de hacerlas.
Regalos y propinas
Por último, el tercer tipo de premios; el más inmediato y material, el que permite al niño tener o
hacer algo que quiere: los regalos, las propinas, etc. Estos premios, también necesarios, deben ser
dosificados. No sirve para nada intentar “comprar” cada uno de los esfuerzos de los niños. Deben
servir únicamente para completar o fortalecer los otros procedimientos.
Aplazar la recompensa
Hemos de enseñar a “aplazar la recompensa”. Los niños necesitan saber que muchas veces hay que
hacer cosas desagradables para conseguir una meta agradable y que mantener el esfuerzo durante el
trayecto puede ser duro. Por ejemplo el entrenamiento. Es muy bonito jugar bien al fútbol, pero para
ello es necesario entrenarse.
Y todos los educadores, seamos padres o maestros, somos fundamentalmente entrenadores.
Piénsenlo detenidamente y actúen en consecuencia.